La Gomera es una isla verde y negra, vertical. No hay carreteras costeras, con lo que hay que subir y bajar empinadas carreteras cada vez que quieres desplazarte. Esto hace un poco incómodo el turismo por la isla, aunque personalmente lo doy por bien empleado viendo el tesoro que alberga la parte central. El Garajonay. La leyenda cuenta el amor imposible de Gara y Jonay, que dando sus vidas en el bosque milenario hicieron posible este nombre, el bosque de laurisilva siempre verde. Los vientos alisios del noreste, húmedos y frescos, suministran toda la humedad en forma de nieblas que las ausentes nubes borrascosas no son capaces de aportar. El que venga a La Gomera en busca de playas de blancas arenas y una gastronomía exquisita no encontrará ninguna de las dos cosas. Las aguas son cristalinas, sí, pero la mayoría de las playas son de piedra y rocas negras. Y las papas arrugás con mojo están riquísimas, pero no es lo que esperas de una cocina rica y creativa. Acertará el que se acerque a La Gomera a practicar el buceo o el trekking. Para estas actividades la isla es un paraíso. Cientos de rutas a pié o en bicicleta surcan Garajonay y los municipios que lo rodean, y esas mismas rocas mencionadas anteriormente hacen que los fondos marinos sean espectaculares. Así pues, merece la pena pasar unos cuantos días en la isla, siempre y cuando sepamos cuales son sus puntos fuertes.

La foto está tomada desde uno de sus muchos miradores.